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| SEMBLANZA DE MANUEL MEJIA VALLEJO. ÁMBITOS EN LA OBRA DE MANUEL MEJÍA VALLEJO. MANUEL MEJÍA VALLEJO: DEL DESARRAIGO A LA CONDENA. MAESTRO: LA VIDA. |
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SEMBLANZA DE MANUEL MEJIA VALLEJO. Manuel Mejía Vallejo es escritor desde hace 50 años. Ha publicado 10 novelas, 6 libros de cuentos, 4 de poesía, 1 gran reportaje sobre Barba Jacob y 1 libro de ensayos y artículos sobre los escritores antioqueños de su generación. Ha escrito miles de artículos periodísticos y decenas de presentaciones para libros de escritores de toda condición. Recibió el premio "Eugenio Nadal" para escritores de habla hispana, en el año de 1964, por su novela El día señalado; el premio "Rómulo Gallegos" para escritores latinoamericanos, en 1989, por su novela La casa de las dos palmas; el premio "Vivencias" para escritores colombianos, en 1973, por su novela Aire de tango; y además ha recibido premios y menciones en concursos de cuento y novela en Argentina, Guatemala, El Salvador, Venezuela y Colombia. Algunas de sus obras han sido traducidas al ruso, al alemán, al holandés, al francés y al inglés entre otros idiomas y han sido publicadas en antologías de distinta procedencia. Ha recibido medallas y condecoraciones en Moscú, Frankfort, París, Madrid, Buenos Aires, Caracas, Bogotá, Cali, Neiva, Medellín, El Retiro, Yarumal, Riosucio, Jericó y Jardín, y sin embargo sigue siendo un hombre humilde, un montañero antioqueño, porque nada de esto lo define. "Primero se es hombre, después escritor", ha dicho; y acaso no sea más que un hombre erguido ante la vida, ante la muerte. Luis Marino troncoso le dedicó un dispendioso estudio tras el cual definió su obra como "Vivir, morir, en la soledad, siguiendo los caminos" y, ahora que Manuel ha seguido todos los caminos y ha vencido incluso a la muerte varias veces, podríamos pensar que tal vez lo defina más la noción de tránsito tanto en su vida como en su obra: en aquel ya lejano abril de 1923 (y esto me lo contó el propio Manuel), su madre, embarazada, cruzó los andes de Jardín a Jericó para despedirse de su suegra, quien iba a entrar en la muerte; pero la abuela de Manuel se alivió ante la presencia de la nuera embarazada y allí, el 23 como si le hiciera un guiño a Cervantes, nació Manuel Mejía Vallejo, signado por el tránsito de las montañas y por la lucha entre la vida y la muerte. Acaso ese sea el sentido más profundo de su vida y de su obra y acaso por eso se haya visto a sí mismo desde siempre como el que se va. En el proceso creativo de su obra, traza una elipse que asciende en belleza y profundidad, desde la crónica de la vida campesina hasta los cuestionamientos del hombre en la atmósfera citadina ante la sociedad de clases, o ante la noción de la Divinidad en el ambiente ético de una metafísica individual. Y su obra encarna el tránsito de la literatura colombiana de entorno rural a la literatura de entorno urbano, siguiendo la línea de una pregunta auténtica y original, profundamente personal, por la existencia, en los asuntos esenciales del hombre. Como narrador ha sido vigoroso y espléndido, dueño de una prosa certera que se pregunta por el dolor, por el amor, por la traición, por la venganza, por la vida y por la muerte, desde las últimas consecuencias de las manifestaciones humanas; como poeta ha revelado la desnudez del sentimiento y de la sabiduría en el dolor de la existencia y como hombre ha sido generoso y pródigo. La vida, en su justicia, le ha dado tiempo de verse convertido en el símbolo de su tierra, a la vez humilde y llena de egoencia, dura y tierna, ¡firme! Ahora, desde hace poco más de un año, viene de un viaje por las regiones límites de la vida, irguiéndose de nuevo con el rostro más limpio acaso y la mirada más transparente. Ahí está, pues, nuestro testimonio presente de la tradición literaria antioqueña: simple, como Epifanio; lírico, como Gregorio; grande, como Carrasquilla; hondo y triste, como Barba Jacob; lúcido, como León de Greiff y verdadero como Fernando González. 1995 ArribaÁMBITOS EN LA OBRA DE MANUEL MEJÍA VALLEJO. En la obra de Manuel Mejía Vallejo se pueden considerar tres atmósferas o núcleos de entorno que agrupan la totalidad de sus trabajos: el campo, que incluye el pueblo, sus personajes, su historia y su tradición; la ciudad con sus luchas morales o de clases; y la región mítica de la consciencia, que incluye e1 sueño y lo inespacial. Al primero corresponde la forma pretérita del tiempo; a la ciudad, el tránsito entre lo pasado y lo presente; y a la región mítica de la consciencia, lo intemporal; que es también de cualquier tiempo. Estos tres núcleos definen la evolución de su concepción del mundo y están íntimamente ligados al desarrollo de su vida y a la historia particular del Departamento de Antioquia. Mejía Vallejo nació en Jericó el 23 de abril de 1923, sus padres vivían en la zona rural de Jardín, pero ante la enfermedad de su abuela paterna cruzó las montañas en el vientre, para salir de él en Jericó, con la imagen del río San Juan y de los farallones bien impresa en su ser mismo. La niñez, que es el tiempo de la configuración de la imagen del mundo, la vivió en el campo, en esa región de tierra fértil y generosa que, más tarde, recrearía en La tierra éramos nosotros, con el sabor poético del primer amor, el que asoma al pasado y vierte la memoria antigua, alcanzada por una intuición tan sabia como ingenua y limpia. Muchos años después, al cerrar el círculo de esta primera atmósfera, con La casa de las dos palmas, la intuición adolescente se había convertido ya en memoria viva de la vida y del ser, y, por este motivo, el sentimiento lírico inicial se manifestaba ahora como conciencia trágica, retrato sublime de las pasiones y el dolor; el bien y el mal; el amor y el odio. Además de las dos novelas mencionadas, también pertenece a esta atmósfera: Tarde de verano (1978), que en su estructura temporal es un ovillo que se desenvuelve hacia el pasado, y en su entorno es Balandú ya detenido, memoria del mundo en un álbum de fotografías; Y el mundo sigue andando (1934), que es un curioso autorretrato porque en ella Bernardo, su "alter-ego", es un personaje cuya vida física se desarrolla en la ciudad, mientras su espíritu sigue habitando el pueblo y el campo, de tal modo que los recuerdos ya empiezan a convertirse en elaboraciones míticas; y algunos de los cuentos de Las noches de la vigilia (1976), Otras historias de Balandú (1990) y Sombras contra el muro (1993), donde la realidad empírica es cada vez menos un asunto individual y más un símbolo universal. La segunda atmósfera, que hemos denominado ciudad, comprende la juventud y la madurez del escritor, y va desde la concepción esquemática de la ciudad en Al pie de la ciudad (1953), su segunda novela, donde el entorno se divide en barrios lujosos y suburbios y los personajes en ricos y pobres, más porque se les asigna esa condición que por haber nacido de ese largo conocimiento de la realidad que engendra los personajes auténticos de la literatura, hasta la visión esencial de los seres vueltos fábula de Sombras contra el muro; pertenecen además a esta atmósfera, Aire de tango (1973), que es una de las primeras novelas de entorno urbano en la tradición colombiana y representa justamente la transición del campo a la ciudad, pues sus personajes son fundadores de la ciudad, nacidos en el campo o en el pueblo; Y el mundo sigue andando (1984); y La sombra de tu paso (1987), novela experimental con la que pretende narrar una historia de amor en la historia del Medellín de los años sesenta. Considerada desde el punto de vista de su biografía, ésta es la época en que el joven campesino llega a la ciudad y, lentamente, se va haciendo ciudadano: la ciudad deja de ser aldea y se transforma en metrópoli, al mismo tiempo en que el escritor deja de ser muchacho y se hace hombre, Al pie de la ciudad es la ciudad desde afuera, Aire de tango es el centro de la ciudad, la ciudad desde adentro. La tercera atmósfera, que hemos denominado la región mítica de la conciencia, se refiere a la última etapa de la vida de Mejía Vallejo, cuando abandona de nuevo la ciudad y, tras el matrimonio a los 52 años, decide vivir en Ziruma (que en guajiro significa "cerca del cielo") y se jubila de su trabajo de profesor en la Universidad Nacional. Esta etapa, que se inicia con la publicación de Tarde de verano, es la más productiva de su vida porque por fin se puede entregar totalmente a la tarea de escribir. Cuando decimos "atmósfera", nos estamos refiriendo no sólo al entorno de las obras, sino al clima interior del pensamiento del autor y a la manera como se revela en los textos. Obviamente las etapas de la vida no se corresponden con dicho clima interior de relación con el mundo en estricto orden cronológico, ni las obras escritas en la juventud corresponden necesariamente a la primera etapa, como tampoco las obras de madurez corresponden a la última. Este concepto de "atmósfera" es un concepto vago que, a pesar de carecer de límites precisos, permite abordar la vida y la obra del escritor como una totalidad, desde un punto de vista definido. A esta atmósfera pertenecen: Las noches de la vigilia (1976), Otras historias de Balandú (1990), Los Abuelos de Cara Blanca (1991) y Sombras contra el muro (1993). Sus características generales son la pregunta por lo divino, en las ficciones, desde el punto de vista de una metafísica individual. En estas reflexiones de carácter general sobre la vida y la obra de Manuel Mejía Vallejo, hemos omitido sus tres primeros libros de cuentos, su novela El día señalado (1963), y sus cuatro libros de poemas. Respecto a El día señalado, su primera novela maestra, podemos decir que se incluye en la atmósfera del campo, aunque de un modo excepcional, ya que el pueblo descrito no corresponde a Balandú, ni a ningún pueblo en particular, sino que se erige como el arquetipo de la aldea latinoamericana de los años cuarenta y cincuenta, cuya historia de conflictos sociales se sintetiza en las luchas locales entre las fuerzas del poder económico y político contra las guerrillas nacientes, cuyo símbolo llega a ser el triunfo de la revolución cubana. Los cuatro libros de poemas: Prácticas para el olvido (coplas, 1980), El viento lo dijo (Décimas, 1983), Soledumbres (coplas, 1990) y Memoria del olvido (poemas, 1990) se podrían considerar ya en la atmósfera inicial por lo que hay de tradición popular en las coplas y en las décimas, ya en la última atmósfera por lo que hay de pregunta en el poema, aunque de todos modos la reflexión poética nace más de la experiencia y de la sabiduría de la vida en Mejía Vallejo que de su postura religiosa frente al mundo. Y, para concluir, respecto a su labor como cuentista, podemos decir que en los seis libros publicados hasta el momento: Tiempo de sequía (1957), Cielo cerrado (1958), Cuentos de zona tórrida (1967), Las noches de la vigilia (1976), Otras historias de Balandú (1990) y Sombras contra el muro (1993), sólo ha desarrollado dos concepciones del cuento, como si sólo hubiera trabajado dos libros: uno inicial, que corresponde a la estructura del cuento tradicional, a veces a la estructura del cuento popular tradicional, por semejanza o por oposición; y otro final, de estructura libre y carácter fantástico, en el que lo poético forma parte de la estructura. Son comunes a ambos el lenguaje poético como intención e ideal de la prosa, el carácter filosófico de las sentencias y de las situaciones mismas y las virtudes y defectos del creador que los engendra, pero están en las dos puntas del camino de su autor. Justamente la evolución de Manuel consiste en el paso de la ficción realista a la ficción fantástica, de la tradición popular a la metafísica individual, de la noción habitual de la prosa y el cuento a la ficción experimental. El tomo que constituye Cuentos de zona tórrida reúne algunos de los cuentos publicados en Tiempo de sequía y otros publicados posteriormente en Cielo cerrado, dato aparentemente sin ninguna significación especial, pero que se convierte en argumento sólido para comprobar que todos los cuentos de esta época corresponden a un único libro, o mejor, a una sola concepción del cuento, según la cual el cuento es una unidad narrativa de intensidad y tensión permanentes, desde la primera hasta la última línea, en la que todos los elementos están ordenados en torno a una sola idea que, al mantener su intensidad y tensión, se vuelve sobre sí misma como un huevo o como un puño que se cierra pero que en el instante final, revela su misterio, tomando al lector por sorpresa y obligándolo a volverse sobre la totalidad del cuento, dueño ya de la clave que justifica todos los hilos que conducen al asombro final. Esto en la superficie; en el contenido, cada cuento corresponde a la solución de un problema particular de cierto individuo en situación límite: La venganza en "Palo caído", la traición al amigo por causa de su mujer en "Luna de media noche", el remordimiento en "Cortina de humo", la fe en "Cielo cerrado", cómo matar al otro yo en "La muerte de Pedro Canales", el hambre en "Tiempo de sequía", la miseria en "Al pie de la ciudad", la tentación y el castigo en "Una canoa baja el Orinoco", la identidad en "La venganza", la soledad en "Mercedes Luna", la necesidad en "El milagro", la decadencia en "La guitarra", la envidia en "El sillón del forastero" y el miedo en "Miedo". Por el mismo motivo por el cual los cuentos configuran paradigmas de solución a circunstancias extremas, los personajes y los motivos son arquetipos en el límite de una tradición, cuya sociedad y sistema de valores han concluido y, al romperse, engendran una nueva concepción del mundo y de la vida. Esto explica porqué Mejía Vallejo, y con él algunos de sus contemporáneos, representa en su obra la transición entre una literatura de entorno rural y otra de entorno urbano, el paso de un realismo regional a una ficción metafísica universal, de la estructura clásica a la experimental. Fenómeno que no es exclusivo en Mejía Vallejo ni en la literatura colombiana, puesto que corresponde a la tradición de América Latina. Los textos publicados entre 1945 y 1958 constituyen además un plan de trabajo, es decir, de vida-reflexión-escritura, para desarrollar durante toda la vida. Así, "La tierra éramos nosotros" es el germen de La casa de las dos palmas; "Miedo", de El día señalado; "La muerte de Pedro Canales", de Aire de tango; "Cielo cerrado", de Los abuelos de cara blanca. "Al pie de la ciudad" y "La venganza", son casos especiales, puesto que el primero resume la novela Al pie de la ciudad, y el segundo, El día señalado, no son su germen, sino su síntesis. En América Latina los Cuentos de zona tórrida se pueden situar al lado de El llano en llamas de Juan Rulfo, de Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga e, incluso, de algunos de sus Cuentos de la Selva, de El informe de Brodie de Jorge Luís Borges, entre otros, por la naturaleza de los temas, a veces; por la estructura o por la concepción general del cuento y, en todo caso, por la importancia artística de los trabajos, aunque, como es natural entre nosotros, no le hemos reconocido su justo valor al colombiano. 1993 ArribaMANUEL MEJÍA VALLEJO: DEL DESARRAIGO A LA CONDENA.(Prólogo a la edición de Otras historias). La obra de Manuel Mejía Vallejo se desarrolla en el paso de la sencilla evocación a la invocación desolada. Su signo es el tránsito: del campo a la ciudad, de la alegre compañía de un pueblo vivo a la soledad de una metafísica individual, del dulce amor al duro juicio, de la vida a la muerte. Se inicia con La tierra éramos nosotros (1945) y concluye con Los invocados (1997). La primera es el canto del desarraigo, celebración del destino emprendido; la última es la resurrección de los muertos, condena de las criaturas fabuladas que constituyeron ese destino. Es además, más allá de la signatura de hechos y pensamientos individuales, cifra de la historia de nuestro pueblo en el trance de la revolución de todos los valores; testimonio de la conquista y colonización de los bravos territorios de la cordillera; relato de la convivencia con las atmósferas, vegetaciones, animales y fantasmas propios de cada clima en los tres climas y encarnación de la decadencia del pueblo. Un pueblo que en la errancia (suma de afán aventurero y necesidad fundadora) y en la conquista del oro y las montañas, sustentó su crecimiento; así como en la pérdida del sentido de la religión católica y en la corrupción de su ideología mercantil, vivió la muerte de sus costumbres. Obedece también a la continuidad de una tradición que se consolida al pensarse, cuestionarse y contarse. Con Gregorio Gutiérrez González, aprendimos a reunir lo muy nuestro con lo universal en la más delicada sencillez; con Epifanio Mejía, a reconocer el espíritu poético de nuestra naturaleza más simple; con Manuel Uribe Ángel, alcanzamos la consciencia de que nuestras virtudes pueden lograr el nivel de la magnanimidad y de la sabiduría; con Baldomero Sanín Cano, entendimos que podíamos pensarnos en el contexto de la cultura universal; con Tomás Carrasquilla, aprendimos a detallar la compleja red de nuestros defectos, vicios, mezquindades, gracias y fortunas; con Porfirio Barba Jacob, bajamos al abismo de mieles espesas de nuestra sombra; con León de Greiff, llegamos al fastidio de nuestra condición, nos burlamos de nuestra inclinación al cambalache y aprendimos a dudar —hasta la melancolía— de todo y de todos, especialmente de nosotros mismos; con Fernando González, emprendimos un viaje hacia nuestra propia alma que nos fue quitando máscaras y ropajes hasta dejarnos desnudos ante la idea de la divinidad también desnuda... Y con Manuel Mejía Vallejo, reunidos ya todos estos saberes, hemos cavado hondo, hasta el desafío de la muerte o de los dioses, pero también hemos cantado alto hasta la serenidad de la gran pregunta que sigue ahí: Tal vez caímos de un sueño Por supuesto, no se trata de un pueblo maduro, sino de un pueblo joven, mestizo; nacido de la dominación de una cultura por otra, gracias al sometimiento y al comercio de la esclavitud y, por lo tanto, de un pueblo que requiere de la clara definición de su naturaleza, es decir, que crece en la constante pregunta por la identidad. Sin duda alguna, como estandarte de la tradición literaria antioqueña durante la segunda mitad del siglo XX, la obra de Manuel Mejía Vallejo obedece al sendero que en su dialéctica natural va trazando la vida del pueblo: en cuanto a lo religioso, consigna el combate interior contra las creencias y costumbres heredadas, desde el juego de la rebeldía adolescente hasta el vacío de la ausencia de Dios y el renacer de los mitos (muchos de ellos precolombinos, pues se trata también de la búsqueda de reconciliación de las sangres); en cuanto a lo histórico, sigue el curso trazado por el paso del campo a la ciudad, que es el signo de la época, y se pregunta por el futuro, en la recapitulación del pasado, desde la saga de la conquista y la fundación hasta la decadencia y la ignominia; en cuanto a lo político, asume el partido de los desposeídos y ensaya las doctrinas de la liberación, desde la denuncia social y la crítica de las instituciones hasta el borde del abismo nihilista, donde casi ni el amor es esperanza de salvación. Así, en su primera novela se pregunta ya por el significado de la partida: ¿qué es eso de dejar atrás todo lo que se ha sido y en lo que se ha creído, para emprender un nuevo destino incierto? He ahí el abandono de la herencia, el problema complejo que plantea el tránsito del campo a la ciudad, cuya resolución requiere de un examen cuidadoso de cada uno de los aspectos que constituyen esa herencia, a la luz de la fundación de una nueva vida y acaso de un nuevo orden para la existencia. En su segunda novela, Al pie de la ciudad (1958), indaga por las grandes diferencias sociales que la constituyen y ensaya la tipificación de los héroes que podrían resolver los conflictos engendrados por la lucha de clases, un poco obedeciendo a esquemas y otro poco a sueños idealistas, pero en todo caso preguntándose por la realidad del hombre latinoamericano en las coordenadas de la mitad del siglo. En su primera obra maestra, El día señalado (1964), llega a la profundidad del símbolo colectivo perfectamente logrado y, en consecuencia, a una obra que —sin dejar de ser propia— alcanza valor universal, pues sigue el curso de las ondas concéntricas, empezando por lo íntimo y concluyendo en lo personal o empezando por lo personal y concluyendo en lo general, donde íntimo significa igualmente lo propio y lo de todos: la pelea de gallos es al mismo tiempo una costumbre del pueblo y un símbolo múltiple de la virilidad, lucha por la individualidad, muerte del padre, identificación e identidad, pero también es símbolo de la declaración de independencia y liberación del opresor, revelación de que el pueblo ha emprendido el camino hacia sí mismo, en cuyo proceso están las preguntas fundamentales y los hechos y circunstancias que hacen la vida al vivirla. En su proceso creativo, con la obtención del premio Eugenio Nadal de novela y la consiguiente publicación de El día señalado, concluye una primera etapa de su obra, la que explica el primer tránsito enunciado. En esta etapa podemos considerar, además de las tres novelas brevemente referidas, los tres primeros libros de cuentos: Tiempo de sequía (1957), Cielo cerrado (1963) y Cuentos de zona tórrida (1967) que, como se había explicado en el prólogo al volumen anterior, constituyen un único libro al ser concebidos dentro una misma noción de cuento. El segundo tránsito, es decir, el paso de la alegre compañía de un pueblo vivo a la soledad de una metafísica individual, se hace visible principalmente en su segundo volumen de cuentos. Usamos el adjetivo "vivo", para diferenciar el pueblo sin nombre de las primeras novelas y de los primeros cuentos, el "Tambo" prototípico de El día señalado, o el "Balandú" real, añorado en Aire de tango (1973), cantado en Tarde de verano (1981) y celebrado en La casa de las dos palmas (1988), del "Balandú" fantasmagórico de algunos de los cuentos de Roberto, el fabulador, y del "Balandú" muerto de Los invocados. A este volumen, le hemos dado el título de Otras historias, debido a que, por la naturaleza de los materiales narrativos que lo componen: sueños, fabulaciones y sombras, no puede nombrarse con la palabra "relatos". El propio Manuel parece haber huído de dicho término, al titular los libros así: Las noches de la vigilia (1975), Otras historias de Balandú (1990) y Sombras contra el muro (1993), pues usa palabras en cuyo campo semántico, lejos de aludir al relato de hechos acaecidos corrientemente, se anuncia la presencia de lo extraordinario, producto de la fantasía, del sueño o de la sombra, como si el autor quisiera asir la otredad en palabras. El volumen está compuesto además por una selección de nueve textos, tomados del archivo personal, heredado por la Biblioteca Pública Piloto: El amor imposible, El que ilumina, El tiempo es oro y Ante una cruz de palo, que habían sido publicados en la Revista Universidad de Antioquia Nº 253, en la separata especial de homenaje. Ante una cruz de palo aparecía sin título en el manuscrito original, al igual que en la publicación mencionada. Para la presente edición, lo titulamos, tratando de seguir el procedimiento del autor. Tal vez el hecho de que el cuento está construído con base en dos motivos típicos en su obra, facilite la comprensión de los términos escogidos. El primer motivo se refiere al relato de la muerte de alguien en la voz de su asesino (La muerte de Pedro Canales, Aire de tango, Palo Caído...); el segundo, a la presencia de una cruz (Aquí yace alguien, El capítulo inicial de El día señalado, Soledad, Memoria del abuelo...). Tanto los vocablos que constituyen el título como la imagen que evocan encuentran su lugar en el texto con naturalidad, pero obviamente siguen siendo ajenos a él. Los cinco textos restantes (Invasión de esas plantas, La enredadera de los cornetines, Reencuentro, De magos y otras yerbas, y El tren), se publican aquí por primera vez. Excluímos de la selección dos textos más que podrían estar entre los otros: Las botas del general y El señor auditor, en ambos casos por tratarse de cuentos incompletos, a pesar de la fuerza de su narración. La publicación de Las noches de la vigilia marca el comienzo de esta etapa en la vida y en la obra de Manuel Mejía Vallejo. Así como la partida era el signo de la primera, el retorno es el signo de la segunda. Al viaje de expansión que significaba dejar la tierra y entrar en la ciudad, en el conocimiento del mundo exterior, le sucede el retorno, el viaje temerario hacia sí mismo, que entraña un duro tránsito por la sombra y una batalla de reconocimiento con la imagen verdadera reflejada en el espejo de las aguas interiores, la infancia propia y la del hombre. Quizá uno de sus aspectos más importantes lo encontremos en su relación con Dios, en su pensamiento religioso. Acaso allí se puedan hallar los motivos esenciales de su vida, de su obra y de la naturaleza de su muerte ("O si uno pudiera irse de la vida como de un pueblo... Recorrer la calle de salida sin volver la cara, encoger los ojos, respirar, tapar un recuerdo, acostumbrarse a la huida. Porque debe haber otra manera de morir.O abandonar la vida como quien abandona una casa; dejar que avancen los pasos, echar una ojeada a los objetos que en algo nos modificaron, recibir por última vez el aire de las habitaciones, y salir para entrar en ese afuera, donde llega la última fuga."). Él es un ejemplo de cómo el proceso profundo de transformación de una cultura se manifiesta en el individuo. Curiosamente este aspecto de su personalidad empezó a revelársenos después de su muerte. Ya en un trabajo anterior habíamos advertido que los dos cuentos que cito a continuación (Otra soledad —de Las noches de la vigilia— y El fin del principio —de Otras historias de Balandú—), eran variaciones del tema de la muerte de Dios, pero habíamos pasado de largo por allí, sin darnos cuenta de que se trataba del asunto central de la evolución de la concepción del mundo entre nosotros, los antioqueños, ni de que el simple paso de una creencia a otra iría a dejarnos al borde del abismo, ante la terrible visión de la nada. Otra soledad Me fui cansado de pedir a Dios, de esperar en Dios inútilmente. Llegué a verlo tan desvalido, que le fui cogiendo tristeza. Me solidarizaba con su impotencia y su brava soledad. Ahora, si acaso, le pido que exista, que no se deje perder, que su no existencia es la más dura de todas las soledades. No sé hasta qué punto haya ternura en este deseo mío de hacer a Dios cualquier milagro; ahora estoy llenando en mi alma su vacío, creándolo con paciencia y dolor enamorado: sé que ahí saldrá y que no podrá dejar de existir mientras yo lo vigile. El fin del principio Me conturbaba la idea de un suicidio Divino, pero me tranquilicé al comprobar, con simpleza de escuela primaria, las tremendas limitaciones de Dios; pues aunque todo lo pueda, no podría dejar de existir. El primero de estos cuentos nos deja ver al autor detrás de sus líneas, aterrado, contemplando el rostro de la desesperanza; el segundo nos lo muestra hallando una tabla de salvación en la paradoja verbal; ambos, nos lo entregan desgarrado por la gran pregunta, como si la única explicación a las cuestiones sobre la existencia fuera la fábula. Muertas ya la religión y la cultura sustentada en su mitología, nace de nuevo la fabulación ingenua, vuelve la primera inocencia y las preguntas esenciales se refugian en la materia de los sueños. Tal vez cuando todo había muerto para Manuel, incluso él mismo —de algún modo—, le quedaba como última esperanza la palabra, que también había perdido, pero que en su obra cumple la obligación de invocar, para que lo invocado sea, como en el génesis, como en todos los génesis. En este volumen de breves historias encontramos que, rota la composición del mundo, había que reinventarlo; convertida la palabra sagrada en fábula, la fábula era entonces lo único creíble, el instrumento para rehacer el mundo. Era el tiempo del fabulador, pero el fabulador debería ser también un personaje mítico cuya presencia precediera la invención del mito, cuya aparición en la memoria coincidiera con el nacimiento de la fábula. La infancia es el reino de la fábula y la palabra su poder de invocación. Ese fabulador es Roberto, una suerte de alter ego de Manuel, quien con los recursos del animismo y de la hipérbole, tan nuestra, vuelve a inventar el mundo para Lucía, la que murió sin realizarse como mujer, como una forma de olvido de la muerte, el sueño como conjuro contra la muerte, pero también como proceso de asimilación del camino más digno para entrar en ella, "contra la muerte coros de alegría". Siguen estos cuentos el procedimiento del juego de espejos: Roberto es un sueño que sueña, una imagen que imagina... es decir, la combinación infinita de planos que todo lo hacen verdadero por incierto y que, en su búsqueda del infinito interior, se constituyen en la desnudez del alma, en su camino de manifestación hacia la luz. Hemos dicho retorno. Tal vez pudimos haberlo expresado con una antigua fórmula alquimista: morir para nacer de nuevo o acaso nacer para entrar en la muerte. También se dijo reconciliación, es decir, reunión de los contrarios, comunión de los opuestos. Viaje hacia sí mismo, hacerse uno. Pero todas estas fórmulas son válidas para cualquier individuo, constituyen lo que la conciencia ha logrado captar del proceso síquico individual y colectivo. Así que no se ha dicho nada, habría que hacerlo concreto, por ejemplo: la metamorfosis de Manuel Mejía Vallejo consiste en el paso del vengador que parte en busca de justicia al fabulador que retorna con las historias del páramo, con el espejo de la niebla alta. De este modo hemos reunido en una sola sentencia sus dos etapas creativas, el juego del péndulo de su vida; pero podríamos hacerlo más concreto diciendo: el muchacho que en El día señalado parte en busca de su padre para matarlo se convierte en el hombre que perdona y regresa contando historias de ollalunas de barro que alcanzan a parir ollas nietas, de enredaderas perdidas en la soledad, de núa - núas y bisabisanes, de lluvias soñadas que mojan esta realidad desde su mundo de sueño. El hombre que confiesa haber matado a Pedro Canales, a Pedro Corozán o a Jairo, el cuchillero, se convirtió en la fábula del hombre que inventa la fábula del fabulador que sueña un puma que se come las reses de un pueblo que se dice verdadero pero que también es materia de sueño. La única verdad de Manuel Mejía Vallejo es la palabra, sólo la palabra cuando logra ser silencio, cuando a pesar de todo se hace silencio. 1999 - 2000 ArribaAhora que el tiempo ha pasado y, desde las cenizas de ese primer olvido que trae la muerte, empieza a brillar de nuevo la imagen de Manuel Mejía Vallejo con una nueva luz, acaso más amable porque ya la sombra de las flaquezas humanas se ha borrado, vuelve una pregunta sobre la importancia de haber encontrado un maestro. Alguien con la sabiduría, la fuerza vital y la generosidad que lo obligue a uno a decir: ¡Mi maestro! No es que la vida no ofrezca de esos otros maestros. Esos que con su traición nos enseñan el valor de la ignominia, esos que con su egoísmo nos muestran el rostro de la mezquindad, esos que con su mala entraña nos dan a probar las formas del dolor; no es que la vida no nos enseñe a manos llenas la angustia, la miseria, la injusticia, el oprobio, la tristeza…; no es que nuestras propias equivocaciones y tanteos y caídas no nos enseñen el valor del sendero y de la línea recta; no se trata de eso, pues bien sabe la vida darnos a probar ese jugo amargo llamado dialéctica de la pedagogía natural. Se trata de que haya muy pocos hombres a quienes se les pueda nombrar con el calificativo de maestros sin que esta palabra se resienta de su carga significativa. Maestros verdaderos, hombres grandes que encarnen un modo de ver el mundo desde la magnanimidad y el amor, desde la generosidad y la entrega, desde el reconocimiento del otro y el respeto. De eso se trata y eso es quizá lo único que puedo yo decirles: Sin Manuel Mejía Vallejo, sin su presencia en mi vida, acaso no podría hablar de un hombre así. 2005 Arriba |
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