Marta Quiñónez

Una carta para Medellín en su cumpleaños
A Medellín
“El tiempo silenciará el clamor de los lamentos,
Y el lobo de muerte, devorará esta manada.
Hinchada de orgullo permanecen las conciencias
aún así, el zarpazo de la muerte, los sorprenderá”
Desde aquí, desde esta altura del sueño y la marginalidad te veo allá abajo, gloriosa Medellín, cercada por tus enormes edificios. Una nube gris-amarillenta te arropa generosa, ofrendándote su estela contaminada.
A esta hora de la noche tu cielo truena como si antiguos gigantes del Olimpo lucharan a muerte para protegerte; el destello de sus espadas entra por las rendijas bajas de la puerta trasera de mi casa.
Ah! Hermosa Medellín, aún con el invierno, indiferente, derrumbando el sueño de miles de desposeídos, tus plantas siguen floreciendo y los árboles que no arrasa la borrasca, siguen en pie, cambiando de color del alba al cenit y de éste al nadir. Medellín, hermosa e inmunda, ciudad de todos los abandonos, nos complaces a todos con una aparente vida que no pudimos soñar en otros lugares, nos seduces y nos avientas de tu vientre como desechos vivos; hombres y mujeres venidos de todos los rincones de la vida o nacidos bajo tus propios rincones de blancos e inhumanos hospitales. Despertamos, alegres a veces, frente a la esperanza que nos muestras con muecas de burlas, imaginando que viviremos cien años y uno en paz. Otros amaneceres, nos despiertas sobresaltados por el ruido que producen las balas rasgando el aire, buscando cuerpos donde detenerse, no sientes pena del alba que apenas se anuncia.