Por LuisG el
20/01/2011 01:29 p.m.
KAFKA

El fenómeno de la escritura kafkiana por : Luis Izquierdo
El lugar de Kafka en la literatura europea contemporánea es tan excepcional como establecido. No precisa, por tanto, de elogios, y algunos de estos no han redundado en el entendimiento del autor. El caso de su íntimo amigo Max Brod es uno de los ejemplos más claros de hasta qué punto el entusiasmo por la obra de un ser entrañable y cercano puede extraviarse por la vía como el de los elogios y el reclamo de una excepcionalidad lo bastante obvia como para no precisar acentuaciones.
Aunque Max Brod acierte en la ubicación de Kafka dentro del expresionismo alemán, señalando de paso la sobriedad de un estilo cuya fuerza reside en las ideas (lo que también singulariza a Kafka con respecto al de que adventismo aún rastrear lee en las primeras prosas), comete el error de asignarle un papel de pureza cercado por un aura de santo. La tendencia a hagiográfica de los amigos con los amigos, que a veces empero le lleva a acariciarse la propia alma a través de la de Franz, resulta, hoy, difícil de digerir. Walter Benjamin, muy en primer lugar, y Adorno, sistematizando y profundizando las iluminaciones críticas del anterior, configuran los comentarios más certeros a propósito de una obra cuyo signo de excepción es el de estar en que la literatura y la realidad, en que la obsesión absoluta por la realización artística personal y la conciencia de que ese empeño vienen a coincidir con la vanidad de las letras. Pero la curiosa nostalgia por la vida normal, por una manifestación transparente en que los hombres (que el hecho de ser escritor oscurece pues obliga a adoptar el papel de espectador ajeno a la fiesta social más o menos feliz), no habría llegado nunca a la nitidez expresiva de Kafka, si éste no hubiera admitido totalmente lo más sencillo, aquello que obliga tanto a desteologizar los comentarios religiosos como a no contentarse con los meros positivistas. Esa admisión es aceptarse como escritor. En Francia, de Maurice Blancot a Marthe Robert, pasando por Claude-Edmonde Magny y las observaciones tan certeras de G. Bataille en La literatura y el mal, se ha sabido reconocer siempre el rigor admirable del escrito. Una de las primeras críticas a obras de Kafka fue, a propósito de Betrachtung (Contemplación, 1913), la de Robert Musil y que establecía una línea de relación entre Robert Walser y Kafka.